lunes, 10 de agosto de 2009
La satisfacción de un sádico.
Suena tu teléfono móvil y lo observas para ver si es un impertinente del partido que te llama para molestar. Miras el nombre y te das cuenta que quien llama es la chica con la que saliste anoche. No le contestas pues es muy pedidona. Le diste 500 pesos y una funda de comida de las que tienes para dársela a los compañeros del partido y no se conformó. También quería una canastilla para embarazada –dizque para dársela a una amiga- total ni tan bueno ma… te dices y cierras el celular.
Esta breve distracción te ha hecho olvidar que es hora del desayuno y vuelves a maldecirla.
- Tan temprano jodiendo, ¡para qué le di mi número a esa chopa!
Al terminar de decir esto entre los dientes, llamas al señor Vásquez.
- Vásquez…Vásquez…
A la segunda voz de su apellido ya estaba el señor Vásquez en la puerta de tú despacho.
- Dígame licenciado Garrido.
- Vásquez, tengo media hora llamándolo para que me compre 20 pesos de frutas. Y usted no aparece. ¿Por dónde andaba?
- Licenciado Garrido…Pero yo no he salido de la gobernación desde que llegué.
- ¿Y dónde estaba? Porque yo lo estoy llamando hace rato. Pero nada, dejemos eso así y cómpreme las frutas. Y que sean frescas. Pero eso es para ahora. Me oyó…
El señor Vásquez toma los 20 pesos, y sin contestarte media palabras se dirige a comprarte el desayuno de frutas, pues has decidido rebajar unas cuantas libras por el sobre peso que posees. 220 libras de grasas y colesterol, como te dijo la doctora que trabaja en el consultorio de la gobernación.
Vuelve a sonar el teléfono móvil y miras quien te llama. Es el gobernador. Te inquieta, te sudan las manos y tomas la llamada.
- Buenos días, señor gobernador…
- Buenos días, Garrido. ¿Cómo está todo por la gobernación?
- Bien, bien, señor gobernador. Todo está bien.
- Que bueno, nos vemos dentro de un rato. ¡Ah! Cuando llegue Carlos Martínez, le dices que me espere. Que no tardo en llegar.
- Sí, señor gobernador.
Cierras el celular y llamas al teniente Manzueta para comunicarle la información del señor gobernador.
- Manzueta…Manzueta…
- Dígame, señor Garrido.
- Manzueta, ¿tu sabes quién es Carlos Martínez?
- Sí, ese es, el amigo del señor gobernador.
- Exacto. El viene en un momento y quiero que le diga que espere al gobernador. Que no tarda en llegar.
- Comprendo Garrido.
- Bien…
Cuando sale el teniente de tú oficina no transcurrieron 2 minutos para que llegara el señor Vásquez con las frutas que le había mandado a comprar.
- Mire licenciado Garrido.
Lo miras y extiendes la mano derecha para tomar el plato de frutas, y observas en sus ojos el temor que te tiene.
Abres el plato con sumo cuidado pregonando el dominio de la situación. El señor Vásquez no se ha movido esperando tu aprobación. Lo miras de nuevo y vuelves a sentir su miedo; y le dices:
- Le echaron miel…
El no mueve ni un músculo, solamente un sonido imperceptible que llega a tus oídos te confirma lo que le has preguntado.
- Bien…Bien…
Y al mismo tiempo le pides que te dé la devuelta. Se le paralizan los músculos como sintiendo si la tierra se lo tragara. Y te contesta.
- ¿Cuál devuelta? Licenciado Garrido.
El tono de su voz, la sumisión y el temor en sus palabras te dan una satisfacción inexplicable. Nada como tener el control de una persona le produce tanta felicidad al sádico. Ahora con un tono autoritario le pides la devuelta sin demoras.
- ¡Cómo que cual devuelta! La de los 100 pesos que te di. ¿Qué? ¡Acaso te quieres quedar con ella! Por que si es así, tú me lo dices.
El siente como si fuera a desmayarse, y el sudor de la frente sale a relucir junto con el brillo de sus pupilas. Y con una voz trémula y taciturna te pides disculpa.
- Licenciado Garrido, perdóneme, era que no me acordaba. Mire, tenga, coja la devuelta de ahí.
Vásquez coloca 100 pesos encima del escritorio. Y sin mediar palabras le devuelve 20 pesos. No lo miras, pero le dices que esto no se vuelva a repetir, pues, no tendrás tanta paciencia con él como la que has tenido hoy.
Sandy Valerio 10 – 08 - 2009
miércoles, 3 de junio de 2009
Un poquito de carne.
sábado, 9 de mayo de 2009
Complices Malditos.
El haberse quedado callada y justificar las asquerosidades emanadas de tu falo cuando la niña le mostró aquella mucosidad en su vulva, hizo cómplice silente a la que está acostada al lado tuyo. La madre de tú hijastra. Sabes que no dirá nada, pues, no lo hizo cuando debía. Y eso te da cierta libertad y confianza en tus incursiones nocturnas por el campo onírico de la niña.
Estás un poco ansioso, como siempre te pones antes de ir a satisfacer ese deseo incontrolable, y el que disfruta como nada. En muchas ocasiones te has preguntado por qué esa vicha te excitas tanto, si ni siquiera tiene vello púbico, y apenas te da por la cintura. Tanta es la pasión que la desea más que su madre. Esta no te excitas como la bebé. Por eso está esperando a que ésta que está al lado tuyo se duerma y no despierte hasta mañana.
Abres los ojos y te das cuentas que hace una hora que lo tenía cerrados disimulando estar dormido, esperando que tú compañera se durmiera. Ves el reloj y observas que son las 2:40 AM una hora después que tuviste que hablarle duro a tú esposa para que te dejara tranquilo. Te volteas de frente a ella, la está mirando y te enojas más. Y te dices…
- Esta pendeja no se daba cuenta que no estaba pá ella esta noche. Esta noche es de la bebe. Pero tuve que hablarle duro para que se durmiera. Pero ná, déjame ir a contarle un cuento a mí niña.
Al terminar de decir esto, con sumo cuidado te apeas de la cama y caminas hacia el baño. Abres la puerta de éste pero no entras. Te devuelves y empujas la cortina que sirve de puerta a la habitación de la niña. La ves, está rotundamente dormida. Algún angelito la guía por los caminos oníricos. Caminas hacia ella, te detienes en frente de su cama. Le está observando su cuerpecito indefenso sin arropar y con su batita de Mekey Mouse para dormir. La tomas entre tus manos y la volteas boca arriba. Es hora de manifestar los más asquerosos actos.
Movimientos sigilosos como de serpientes. Anestesiamiento de la victima para que no sientas la extracción de la sangre como hacen los murciélagos. La satisfacción del sádico al tener su victima entre sus manos. Y la felicidad más extraordinaria del vencedor de batalla al tener un objeto que pertenece a un enemigo en las manos sin que éste lo pueda recuperar. El ego se siente plenamente satisfecho.
Has terminado de descargar el putrefacto químico sobre el botón de rosa. Y te sientes realizado. Y la contempla tan frágil e indefensa sin que nadie la pueda defender. Solamente el manto de la noche puede proteger su inocencia. Así que te subes el pantalón corto que usa para dormir y con total sigilo abandona al subconsciente de la infanta a un futuro desconcertante.
De regreso a tú almohada tu esposa se voltea y te da la espalda, pero no dice nada. Sabes que está dormida. Así que te duermes también.
Las horas han pasado muy rápido desde que te dormiste, pero una voz infantil que escucha te despiertas. Miras el reloj que está en la pared y ves que son las 6:30 AM. Vuelves ha cerrar los ojos pero ahora distingues perfectamente la voz de la niña cuando le dice a su madre que tiene los pantis lleno de moco. Mira de soslayo tu mujer y escuchas cuando ésta manda ha acostar la niña pues es muy temprano para levantarse.
Aunque te has inquietado un poco al escuchar la niña. Las palabras de tú mujer te han tranquilizado. Y más que también escuchaste cuando ésta dijo que mandaría la niña a dormir con su padre. Sabes que es tú cómplice silente y si la niña dice algo ha alguien, con quien duerme es con su padre, el hombre que tanto odian ambos.
Sandy Valerio. 9 – 5 - 2009
sábado, 18 de abril de 2009
Arrepentimiento.
Arrepentimiento.
En la parcela número 45 de la finca Máxima Gómez, propiedad de un señor llamado Pueblo. Este les había asignado la referida parcela a dos ancianos que habían trabajado desde muy jóvenes por ésta. Y, además, había uno de los ancianos que había administrado la finca por mucho tiempo. El otro era su más fiel colaborador.
La parcela le había sido asignada también, porque era la parcela que daba la mejor vista de la finca. Y en reconocimiento a la excelente labor de los nonagenarios en mantener sus inquilinos en la resignación, la brutalidad, el pesimismo, la ignorancia y la falsa.
Aunque el señor llamado Pueblo era el dueño, sus inquilinos tenían que elegir su administrador, pues, el señor llamado Pueblo no podía administrar la finca por la cantidad de obligaciones que tenía. Por ende, tenía que elegir a una persona de la misma finca para que la administrara. Y el aciano llamado Maquiavelo era el que más tiempo había permanecido como administrador. Desde luego que gracias a su amigo el gringo y el dejar hacer de sus correligionarios.
Y en esto fue que Maquiavelo junto con Hitofo puso todo su empeño, en crear un ambiente donde nadie sobresaliera sobre él. Y el que sobresaliera era cortado desde el tronco.
Los dos nonagenarios se encontraban en el frente de la parcela, pues, estos acostumbraban a sentarse ahí. Para que todo el que entrara y saliera de la finca tuviera que saludarles. Sea el administrador de turno, sea el agricultor, sea la cocinera; o sea quien sea que cruce por el frente. Tiene que brindarle una reverencia.
- Hitofo…hay algo que me ha estado perturbando desde algún tiempo. Y quiero decírtelo.
- Maquiavelo…nosotros hemos estado siempre juntos, desde que tú me protegiste. Yo he sido tú más fiel compañero todos estos años. ¿Cómo? Si te ha estado molestando algo, tú no me lo has dicho. Acaso no crees en mi lealtad. Te he fallado en algo. He desobedecido algún mandato tuyo. O acaso dejaste de quererme.
- Hitofo…mi más leal compañero. Tú que has estado en las buenas y en las malas junto a mí. Que cuando leía algún texto que resaltara las vicisitudes que atraviesan dos grandes amigos, y su amistad no sufre ningún resquebrajamiento. ¡Quién tú crees que me llegaba a la cabeza! Dime, mi querido amigo. Tú más que nadie sabe lo importante que era la parcela blanca para mí. Y no permití que nadie ¡absolutamente nadie! La habitara o la cultivara. Más a ti he encomendado aquella labor. Porque se que es como si yo mismo lo hiciera. Entonces, ¡cómo es que por tu cabeza puede pasar que yo desconfíe de ti o que te deje de querer! La vejes te a quitado tu inteligencia.
En ese instante Maquiavelo tose y se ríe, más Hitofo se queda pensativo y trata de relajarse afincando su espalda en su asiento reclinable que le había regalado un amigo de una finca lejana. Ya que Maquiavelo tenía uno. Así los dos ancianos al contemplar la finca se sentirían como amo y señores.
- Maquiavelo…no es que por mi cabeza esté pasando cosa semejante. ¡Pero cómo es que si algo te está molestando tú no me lo has dicho! Si los dos juntos diseñamos y aplicamos nuestros ideales. Que juntos trabajamos para que en la finca nos tuvieran siempre presentes los administradores que vinieran en el futuro. Tú cuando veía que un parcelero tenía un futuro en la finca. O aquellos que practicaban la organización y la pulcritud pero que no simpatizaban con nosotros, le mandábamos a destruir sus cultivos en medio de la noche. Por que siempre teníamos los capatanes a nuestro favor. Pues los sobornábamos y le permitíamos hacer y deshacer con tal de que nos fueran leales. Es decir, que nosotros –que no salga de aquí esto que te voy a decir- creamos el desorden en la finca. Yo fui el creador del eslogan ¡trabajemos como burro para progresar y dejemos los estudio que sólo sirven para soñar!
- Si… y eso es lo que me ha estado perturbando todos estos días. Si nosotros no hubiéramos creado tantos caos en la finca. Si no hubiéramos desaparecidos tantos parcelero honesto. Si no hubiéramos dejado a los capatanes por su cuenta y hubiéramos delatado a todos los que engañaban a nuestros parceleros. Si no hubiéramos dejado a nuestro amigo el gringo acabar con nuestros jóvenes talentos. No tuviéramos como estamos. Acuérdate que mi hermana me decía que yo no podía tener hijos, pues, soy muy apoyador. Y eso fue lo que nosotros más hicimos. ¡Apoyar! Dejarlo por su cuenta. Y de eso es que estoy arrepentido. Y ese arrepentimiento es que está calando en mi alma y está haciendo añicos mi ser. El mantener a todos los parceleros brutos, sin objetivos y siempre pesimista, ha sido un error de nosotros. Que amenaza con que todo desaparezca en la finca. Hemos creados un campo de batalla en donde reina el libertinaje y el caos. En el cual todo amenaza su propia existencia. De eso es que estoy arrepentido en lo más profundo de mi alma.
- Pero tú fuiste que me dijiste –que no podíamos dejar que los parceleros vieran luz al final del camino-. Que cuando sobresaliera uno en inteligencia, en astucia y en carácter; que pudiera abrirle los ojos a sus compañeros. Mandábamos a nuestros correligionarios que lo humillaran, lo echaran de la finca. O a regar el rumor en torno a él de que estaba loco. Y en caso extremo, desaparecerlo. Pues si estos continuaban en la finca los parceleros dejarían de escucharnos y seguirnos. Nosotros que tanto hemos luchado por ésta finca. ¡Y que nos pertenece!
- Si, Hitofo. Pero mira como están nuestros jóvenes destruyéndose unos con otros. Los parámetros que nos rigen son el despotismo, el sadismo, el servilismo y demás vicios del alma. ¡Crees tú que con tanta mezquindad pueden desarrollarse nuestros correligionarios! Me parece mi querido Hitofo que se nos fue la mano.
Los dos ancianos se sumergieron en un silencio sepulcral, contemplando todo el que pasaba por el frente de su parcela pues casi era el ocaso del atardecer.
Sandy Valerio. 25 – 3 - 2001
sábado, 21 de marzo de 2009
Después de una buena venta.
Sostienes en la mano 4 buchetas y en los bolsillos 12 piedras. Una cantidad insignificante en comparación con la cantidad de drogas que trajiste. 30 piedras, 21 buchetas y 15 porciones de perico. Estas últimas se te terminaron hace apenas unos minutos. Llamas a cuchillo pues decidiste irte.
- Cuchillo… Vamos, ta bueno por hoy. La venta ha estado buena y no quiero que uno de esto desgraciado me lo quiera quitar. Bastante que tengo con darle al capitán. Ve… revisa la piedra a ver si queda algo del material.
Cuchillo no se detiene a contradecirte un instante, solamente cruza la calle, levanta la piedra y te hace una señal de que no queda nada. Enciendes el motor y esperas a que él regrese.
- No quedaba nada…
- No…
- Entonces nos vamos.
El absorbe el último copo de marihuana que le quedaba. Y se monta en el motor de un brinco. Sientes deseos de pedirle un copazo pero te detienes, pues, el olor a yerba no te gusta. Por eso te gusta más el perico, pues, éste no deja ese olor a incienso en la ropa y las manos. Pero no te queda perico, así que no te arrebatará para regresar a casa, donde tus hijos y tu negra. Y darle una buena pela en la cama a ésta. A esta hora los niños están durmiendo y no escucharían sus gemidos. Pero piensas en Josélito el más grande de los tres, que quiere una bicicleta. Con la buena venta que has tenido esta noche puedes comprarla mañana. Así que irás e invitas a cuchillo a que valla contigo a comprarla.
- Cuchillo, ¿Qué va ha hacer mañana?
- Na…
- Quiere ir conmigo ha comprarle una bicicleta a Josélito.
- Vamos…
- Po…Te paso a buscar mañana, okey.
- Ta…bien.
Mientras le decías esto a Cuchillo ya habían subido la subía que lleva al pueblo de Baitoa que se encuentra en el fondo de las montañas que están en la cordilleras central. Sientes un frío terrible y la neblina no te permites ver. Y te obligas a disminuir la velocidad del motor. Esto no te gusta pues lo hacéis blanco vulnerable a ti y a Cuchillo. Sientes un ligero escalofrío y agudiza la vista. Ve unas siluetas al lado de un motor y escucha el rastrillar de una pistola.
- Coño… Cuchillo, nos están esperando pa darnos un tumbe.
- Mierda…Ese tiene que ser el cabo que estaba hablando conmigo. El quería un gramo de perico. Pero ya se había acabado. Así que me dijo que habíamos tenido una buena venta.
- Coño…Cuchillo, nos metiste al medio sin darte cuenta. A ese hombre le gustan más los cuartos que comer.
Al terminar de decir esto a Cuchillo escuchas una voz autoritaria que te manda ha detener. Intentas dar un giro al motor pero escuchas unas detonaciones al mismo tiempo y caen en la calle. Se paran instintivamente, y corriendo penetran en los matorrales. Cuchillo no se detiene pero tú tropiezas y caes. Intentas levantarte pero la pierna derecha no te responde. Y piensas.
- Mierda… Me dieron, esos hijos de la gran puta.
Te volteas boca arribas e intentas quitarte el pantalón. Desabrochas el botón de éste y te bajas el ciper. Pero la energía que tienes solamente te alcanza para bajarlo hasta los muslos.
Sandy Valerio. 20 - 03 - 09
sábado, 14 de febrero de 2009
El primer vuelo.
La primavera es la época del año más colorida y más melodiosa, pues el canto de los pájaros y el colorido de las plantas son espectaculares. No hay lugar en el majestuoso trópico en donde la mano de Dios no se manifieste. Desde el florecimiento de un flamboyán hasta el cantar de una cigua palmera.
Aquí es donde más se manifiesta el famoso equilibrio de la armonía del universo en que Palestrina sostenía que este se encontraba. En el equilibrio de la flora y la fauna.
Ahora, quiénes son los que más disfrutan esta época del año, sin lugar a dudas que los niños. Y si estos viven el campo, mucho más aún. Desde salir ha pescar a los ríos, ha recoger mangos o la peor de las actividades infantiles, cazar aves con tira piedras. Pero en esta última actividad Carlito era el hazme reír del los niños de Baitoa, nunca le había pegado con su tira piedra ni a un tronco de un árbol. Era pésimo en la cacería de las aves. Su amigo, el viejo Manfloro, le decía para consolarlo que era Dios que le quitaba los pajaritos del medio a las piedras que el lanzaba.
Esto le producía cierta satisfacción a Carlito, pero cuando le lanzaba piedras a las botellas y no le daba, de nuevo le embargaba una duda abrumadora. Y se preguntaba qué si Dios también le quitaba las botellas. Y el viejo Manfloro volvía a decirle que era que Dios no quería que él aprendiera a cazar pajaritos.
La última vez que andaba cazando pajaritos tuvo en la mira de su tirador a una tórtola que se encontraba asentada en la rama de una mata de mango que se encontraba en la finca de Amable Núñez, y cuando iba ha soltar la piedra, un chillido de pichones hizo que se contuviera de lanzar la piedra. Y, efectivamente, a unas cuantas ramas de la tórtola que él estaba por matar había otra dando de comer a unos pichones.
Esto hizo que a Carlito le llegaran muchos pensamientos extraños como éste, que talvez era cierto que Dios no quiere que él mate pajaritos.
Y se propuso ir todos los días donde los pichones hasta ver su primer vuelo. Y así lo hizo durante quince días.
Pero un acontecimiento extraño que aconteció el último día de visita al nido, hizo que Carlito no volviera a tirarle piedras a los pajaritos.
Y fue que cuando el pichón más grande que estaba en el nido empezaba a dar los primeros saltos de rama en rama, es decir, practicando su primer vuelo. Un sonido ensordecedor detuvo las primeras prácticas de vuelo del pichón de tórtola, haciendo que éste se precipitara al suelo. Carlito que estaba feliz viendo el primer vuelo del pichón, corrió a gran velocidad hasta el pajarito. Lo tomó con sus manitas y vio como le salía la sangre por entre las plumitas que todavía le estaban creciendo.
El niño sintió el dolor del pichón mientras éste agonizaba entre sus manitas.
Un joven que coincidencialmente caminaba por el mismo lugar donde se encontraba el niño. Al ver los ojos aguados del niño tomó el pajarito entre sus manos y lo mantuvo así por unos segundos hasta lograr que el pajarito saliera volando con más fuerza que antes.
El joven le dijo al niño que no había pasado nada.
Carlito recobró la alegría y pensó en el viejo Manfloro que le había dicho que para conocer un ángel solamente al que fijarse si no pestañea, si no deja huellas, y si no lleva sombra.
El joven no pestañó al revivir el pajarito, no dejó huellas al marcharse, y no llevaba sombra.
Sandy Valerio. 14 – 02 - 09
domingo, 8 de febrero de 2009
Los nuevos vehículos de los bárbaros.
Ya Atílas no viene con sus hordas de bárbaros montados a caballos secando todo el pasto que por sus patas se encuentra, ahora vienen estas hordas montadas en latop, en centros financieros o en medios de comunicación.
Esparcen sus actos de barbaries a los lugares más remotos del planeta. Sus nuevos vehículos se lo permiten. Solamente necesitan conectar sus latop y los resultados al instante se notan. O alterar los estados financieros de cualquier empresa sea para destruirla o para estafar incautos. Pero los más destructores, por el alcance que tienen, son los bárbaros que se encuentran en los medios de comunicación. Estos diseminan la barbarie por toda la sociedad. Le dan una justificación a todos los actos de barbarie que comenten los bárbaros que los sustentan económicamente. Y como el bárbaro carece del más mínimo sentido de ética, pues, su naturaleza instintiva no se lo permite, éste encuentra una justificación para los actos más atroces que podemos imaginar.
Si es una invasión militar, tiene su justificación, si es una catástrofe financiera, tiene su justificación; si es alienar una sociedad, tiene su justificación.
De aquí se podría deducir que es por esto que en nuestras sociedades se invierte tan poco en educación, pues, el bárbaro necesita de una sociedad alienada, sumisa, sin iniciativa intelectual, es decir, de individuo que sufran de la dictadura de sus instintos, por ende, que dependan de líderes dominantes.
Los nuevos bárbaros están conscientes de su poder y de la sumisión de sus correligionarios. De aquí que para guardar las apariencias fundan instituciones filantrópicas, se vuelven coleccionistas o ambientalistas. Cosas éstas que para ellos es perder el tiempo. Pero como dijo Platón en La República que hasta el más atroz de los déspotas, y el bárbaro es un déspota, en ocasiones se muestra magnánimo.
Los resultados de todos estos bárbaros están ahí. Depende de nosotros continuar hacia el despeñadero como le sucedió a Roma.
Sandy Valerio. 8 - 02 - 2009




