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domingo, 10 de agosto de 2008

Orando.

Orando.

El corazón le está latiendo a mil revoluciones por minutos del dolor que está destruyéndole por dentro. Su mente y su alma se encuentran obnubiladas de la angustia que lo ha arropado.

Hay de los espíritus nobles y sensibles que tienen que pasar por tan terrible pesar. Las paredes de su habitación se ciernen sobre él y se dice – Dios mío, ayúdame- es un quejido desesperado que se desplaza por el universo hasta donde su objetivo. Este lo absorbe, lo hace suyo, hasta el extremo de desplazarse donde quien lo ha dicho.

Cuando terminó de decir la última vocal ya su rodilla se encontraba en el piso frente a la cama. Se persignó. El tiempo se detuvo pero él no lo sabía. Los ángeles, las estrellas y el universo los contemplan. Era el foco de atención de cada átomo del cosmos.

Pero no lo sabe, solamente lo presiente. Su cuerpo está tan hesitado que empiezan a salirles lágrimas, pero estas no caen en el piso, ni en la cama. Se le evaporan de las manos al que está sentado frente a él desde que empezó a orar.

Las palabras de desesperación que liberan sus labios –Dios mío, dame fuerza y sabiduría para soportar tanto dolor- eran escuchadas solamente por quien se encontraba sentado en frente de él. Este se sonríe mientras le acaricia la cabeza y le dice – Por qué crees que te voy abandonar- pero sus sentidos no lo escuchan, su alma sí. Y comienza a sentirse calmado y las lágrimas a dejarle de brotar. Se persigna de nuevo –En nombre del padre, del hijo y del espíritu santo, te amo Jehová, amen-.

El que está sentado le contesta que también y se marcha. Y él se para y se acuesta; y duerme bien sin pena ni dolor.

Sandy Valerio. 10-08-08

sábado, 17 de mayo de 2008

Escuchar.


Escuchar.
La tarde está oscureciendo más rápido de lo esperado. Es como si la tarde quisiera marcharse. ¡Qué gran cantidad de gente se está aglomerando alrededor de la colina! Cuanta bulla, mira como se ríen, como se jactan. Es como si todos tuvieran una gran celebración, salvo algunos que están silenciosos y algunas lágrimas le corren por las mejillas.
Y pensar que vine desde tan lejos para escuchar uno de ellos, pues dicen que posee una oratoria muy excelsa. Que es suave, dulce, de buen tono y enérgica. Que casi todos sus discursos están dirigidos a la divinidad, la humildad, la paz, la fe y el amor. ¡Cuánto daría por escucharle! Pero no puedo seguir en éste tumulto, me están asfixiando. Y además, ha oscurecido muy rápido.
- Tolomeo, Tolomeo…
- Dígame maestro…
- Te repetí, muchas veces, que evadiéramos todas estas gentes, pues deseaba escuchar sólo uno y marcharme.
- Sí, maestro, lo sé. Y usted consintió conmigo.
- Pues sí… pero sólo para saber que sucedía.
- Pues ya casi sabemos… ¡no!
- No, no sabemos, y nos vamos. Bien sabes tú que a quien buscamos vive predicando de un lugar a otro.
- Mire, mire, hay una gran cantidad de gente acercándose, parece como una caravana.
- Es cierto. A lo mejor es quien buscamos. Y, tal vez viene a celebrar con todas estas gentes, sería de buen gusto, para marcharnos de una vez de estas tierras tan áridas.
- Maestro… voy a preguntar qué están celebrando y luego nos marchamos.
- Pero, rápido.
Y pensar que era un niñito cuando lo compré, unas cuantas monedas pagué por él. Y mira que tesoro me ha salido. Espero educarlo en lo más profundo de su ser. Que conozca la sabiduría, que la desee, que la viva; que conozca los sofista, Aristóteles, Sócrates, Platón, Jenofonte, Homero. A todos aquellos grandes sabios que han pasado por la tierra. Y que la única esclavitud sea la de su espíritu al cuerpo. ¡Pero! ahí regresa, y se le nota preocupado.
- ¿Qué te ha ocurrido? Se te nota muy preocupado, Tolomeo…
- Maestro… ¿Usted sabe qué es lo que van a hacer en la colina?
- Mí querido Tolomeo… A eso fue que tú fuiste, a averiguar que están celebrando.
- Maestro… No es ninguna celebración, es una crucifixión…
- ¡Por Júpiter! Y… mira la algarabía que tienen estas gentes. Marchémonos cuanto antes de éste lugar que me empieza a asquear.
- Espere… Espere… ¿Cuál es el nombre de quien queremos escuchar?
- Su nombre es Jesús. Y todos le dicen Jesús de Nazaret.
- Pues mire maestro, sino nos equivocamos, y no son dos personas diferentes; y es la misma persona, a Jesús lo van a crucificar con dos personas más esta misma tarde, en aquella colina, donde están los centuriones.
- ¡Por todos los dioses del Olimpo! ¿Tú estás seguro de lo que dices? Tolomeo…
- Sí… tan cierto que mire los palos acercándose, son ellos mismos cargándolos.
- Es cierto, oyes como le vocean. Rey de los Judíos, a Jesús. Tolomeo, tu escuchaste porqué lo condenaron.
- Por blasfemar el nombre de Dios.
- Pero si él lo que habla es de amor, paz y humildad.
- Y de que era hijo de Dios…
- Y que tiene de malo eso, si lo que le da es amor al que se le acerca. Es un hombre indefenso.
- Usted sabe más que yo de eso… Maestro.
- Perdóname, Tolomeo.
- Mire… mire maestro, ya se pueden ver, están subiendo la colina.
- Tratemos de acercárnosle más para verlo de cerca.
- Agárrese de mí, maestro, para que no nos extraviemos.
Pero si es cierto lo que decían. Mira cuanta humildad refleja ese rostro con todo y estar tan maltratado. Su pelo largo, ¡qué lindo! Rizadito. Será por esa horrible corona que le pusieron en la cabeza. ¡Por Júpiter! Si es de espina la corona. Cuánto daño le han hecho, sus ojos están hundidos, la sangre le corre por todo el cuerpo. ¡Cuánto debe estar sufriendo! Nadie lo defiende, ni sus discípulos. Que tengo entendido son doce. ¡Qué cobardes! Y los mismos que lo condenaron tienen que ser monstruos, engendrados por mujeres sin paz en su corazón. Envidiosos, farsantes, sus mentes son guaridas de todos los vicios del alma. De noche tendrán pesadillas y sus camas se remenearan, sus corazones latirán como las golondrinas al volar. Y por sus venas no correrá sangre, sino, lava caliente para que le arda su propia alma. Infelices todos estos monstruos e infeliz yo por no hacer nada para salvar un espíritu libre, joven y sabio. Con todas las características de un Dios. Le están clavando la mano y los pies ¡pobre muchacho! Mira como gime soportando el dolor. Los centuriones tienen que estar conmovidos con aquel que refleja tanta paz, con todo y estar ensangrentado. No… no están conmovidos, mira como le clavan la lanza en su costado derecho. ¡Qué crueles son! Según le pasan los aós más animales son. He imposible de llegar a ser personas sublimes.
Ya lo están parando. Hasta crucificado se ve su grandeza. Qué pena no llegar a escucharle. Y todos estos papiros estrujados, sin letras, no pudieron escribir ni una de su palabra en su corazón. O si la escribieron, se le distorsionaron tanto que salieron conjuros malignos.
- Tolomeo…Tolomeo… Marchémonos cuanto antes, que ha oscurecido bastante. Y nuestro camino es bien largo, tan largo como el recorrido de su espíritu hacia el lugar donde habitan los dioses.
Sandy Valerio.

miércoles, 7 de mayo de 2008

La apuesta.

La apuesta.

Está tendido en la calzada. Tus ojos buscan un lugar en el horizonte, pero no puedes detenerlos. Se menean de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Sientes que la respiración es más lenta. Sabes que está vivo, pues escucha el murmullo a tú alrededor. La turba se ha aglomerado en torno a ti. Quieres decirle que te ayuden, pero no te salen palabras, sólo articulas los labios. Vuelve a decirle, - Coño, ayúdenme, no me dejen morir -. Nadie te entiende. Escucha cuando alguien dice que eres un niño. Quiere decirle que eres un hombre, hasta con hijos, aunque sólo tienes 17 años. Pero no puedes menearte. Sientes la espalda húmeda, como si hubiera agua debajo de ti, pero es sangre. Según dabas vueltas en el pavimento, toda la espalda y parte de la cara se te peló. Se te veían los tejidos, la carne. Aunque el golpe más peligroso y por donde salía más sangre era en la nuca. Al caer te lo había producido. Por éste te estaba desangrando. Ahora te llegan recuerdos de que fue lo que te sucedió. Mira en retrospectiva y ves a Carlos desafiándote con su pasola. Que la de él corre más que la tuya. Que la tuya no sirve. Que la máquina de la de él es mejor y más potente. Que la tuya, ni él dándote ventaja, le ganaba a la de él. Pero nada de esto te amilanaba. Sentía confianza en tú pasola. A todas las del barrio la había ganado. Tú pasola estaba preparada para correr a gran velocidad, Carlos sabía esto, pero él había preparado la suya con el aburrío, el que más sabía preparar los motores para las carreras. Pero nada de esto te intimidaba. Aceptaste la apuesta con mil pesos, y la pasola para el que ganara. Se colocaron uno al lado del otro. Antonio, el moto concho, anunció la salida. Arrancaron parejos, no había distancia entre uno y otro en los primeros 100 metros. Pero después de aquí, sí, tú máquina respondió. Un cuerpo, dos cuerpos y tres… El perro, un maldito perro. El se atravesó. El golpe fue tan fuerte que a unos 500 metros los gritos del perro se escucharon. Y volaste por los aires como Jack Veneno. Ah… Maldito perro, piensas… pero ya es tarde, perdiste la apuesta, perdiste la vida.

Sandy Valerio.

Efluvio de violencia.

Efluvio de violencia.

Vez tu reloj y observa que es una hora antes de la de salir a trabajar tu esposa. Te sientes ansioso e incomodo. Es exactamente como te le dijeron. Aún resuena en tus oídos. – ¡Tu lo que eres es un maldito cuernú!- Y… peor, quien te lo había dicho era tu hermano. Quisiste partirle la cara pero te contuviste. Sabía que él nunca habla por hablar. Entonces le preguntaste que si el sabía algo que te lo dijera. El no dijo nada de una vez, pero a los dos minutos fue que te explicó lo que te tiene tan incomodo. Y, efectivamente… es como él te lo dijo.

Das un brinco de la cama y llama a tu mujer. Sí, a ella, tiene ganas de partirle la cara pero algo te detiene, - ¡Ven que te estoy llamando! – Ella se inquieta pero sin alterarse. –Dime amor… ¡Para qué te levantaste! Es muy temprano… - Sí, por eso es que me levanto… ¿Para qué va tan temprano al trabajo? – OH… amor, tu sabes que los carros son muy difíciles. Cuando terminó de decir esto sonó un golpe seco en el rostro de ella. – Maldito cuero - Le dices y vuelve a golpearla. Ella cae de una vez al suelo y le golpea de nuevo con los pies, y como un efluvio de violencia sin poder detenerse la sigue golpeando. A ella no le ha dado tiempo de hacer nada, más que gritar. Tú te enojas más cuando escucha sus gemidos. - ¡Maldita! ¿Por qué no lo pensaste? - Mientras siguen los golpes al por mayor y detalles. Ahora ella está a punto de desmayarse, la dejas y te decides cambiar pues aún estás en ropa interior.

Estás excitado y te logra calmar un poco cuando te cambia. Ella todavía sigue tirada en el suelo. Nunca la ha golpeado de esa manera. Sí, en otra ocasión alguna galleta, algún apretón de brazo, pero no más de ahí. Pero ahora era diferente, se lo merecía. Y te dices; - Yo que me sacrifico tanto por ella, mira lo que me haces.- Levanta el colchón y sacas una pistola ilegal que había comprado. Ella la ve, se sorprende, y te dices – No me mate, piensas en tus hijos…- Maldita, eso es lo que tú debiste de hacer, pensar en tus hijos, cuero sucio…pero ta te quieta, que te salva precisamente por ellos, azarosa… y cállate hija de la gran puta.- Te engancha la pistola en la cintura, está manipulada, lista para disparar. Sale de la casa, ella te quiso detener pero no pudo. Los golpes y el miedo la detuvieron, sólo te dijo; -¿Qué va hacer?- Y le contestaste, - después tu va ha saber.-

Los pasos se vuelven una eternidad con el ritmo cardíaco que tienes, pero te tranquiliza una frase que había leído. – Cuando se toma una decisión, nunca se deja, si es de honor.- Ya estás a dos casas de la pensión en que vive tu objetivo. Te detiene y vez el reloj, la 5:10 AM. Decides fumarte un cigarrito de marihuana. En otra ocasiones lo había echo para tranquilizarte y en tus tiempos juveniles para estar en la onda. Lo enciende, en cada copo que absorbe te excitas y te hace sentir como un súper hombre. – Tu verá ese asqueroso, él espera mi mujer, ese cuero sucio. Se están cogiendo desde hace un tiempo. Y yo que lo saludaba, ese hijo de la gran puta…- Vez el reloj de nuevo, la 5:15 AM. – ¡Coño! – Te dices y adsorbe el último copo con un suspiro de gigante.

Empuja la puerta de la pensión. Estaba abierta como te dijeron que estaría para que ella entrara. Te molestas más, pero te detienes a pensar en cual habitación era que él vivía. Te dijeron que era en la 12, pero observa que en la primera sólo hay números pequeños. Deduces que es en la segunda. Sube la escalera y vez que al subir está el número 7 de primero. Automáticamente deduce que la número 12 está más para lante. Tomas la pistola en la mano derecha. No quiere que tus pasos se oigan. Vez una puerta se mi abierta y mira en cima de ella. Es la número 12. – Diablo la está esperando, ese hijo e puta.- Te Dices. Te para en frente de la puerta y la empuja con la mano izquierda. Al verte él quire defenderse pero no puede, le dispara sin compasión y le dices; - Así qué esperaba mí mujer…-

Sandy Valerio.

¡Tu si eres lindo

¡Tú si eres lindo!

Cuando alguien está siendo observado por otra persona a poca distancia, hay una sensación extraña que siente el observado, talvez lo que muchos llaman sexto sentido o para otros simple intuición.
José estaba sintiendo esta sensación al colocarse en la fila, miró para todos los lados y no vio nada, ni a nadie observando lo, pero seguía inquieto.
Al llegar a la cajera echo otro vistazo, al mismo tiempo que pagaba lo que había comprado; y, efectivamente, vio a aquel individuo fuerte, grande, de piel oscura, con mirada maliciosa, lo miró un instante y intercambiaron mirada, el pleito estaba casado, de eso no hay duda, pensó José.
Ahora, descubrir quien era, miró en retrospectiva a ver con quien había tenido problema últimamente y ninguno con lo que había discutido encajaba con el mastodonte, quizás algún resentido había pagado para que le dieran una paliza. Pero quién…
Y mientras se acercaba a la puerta, el gigante seguía sin moverse, se puso la funda en la mano izquierda; y pensó – Cuando me vuele encima, una patada en los testículos y otra en la nariz, la decisión estaba tomada.
Con paso cauteloso y firme se acercaba más a la puerta y cuando estaba enfrente del mastodonte, solamente escucho:
¡Tú si eres lindo!

Sandy Valerio

La guarida.

La guarida.

Estás pensativo. El ritmo cardíaco se te ha acelerado. Presientes su llegada. Todo está saliendo como lo planificaste. Acordaste con ella que dejaría la puerta abierta para que no tocaras. Sí, la dejaría abierta.
Observa tu reloj y ve que es la hora acordada, las 5:15 de la mañana. Te sonríes un poco y te dices, - las mujeres -. Vuelves a observar tu reloj, notas que se ha retrasado, pues son las 5:18, te da mala espina, pero no le hace caso a ese presentimiento. Total, no es la primera que llega con unos minutos después a tu guarida.
Sí, a tu guarida. Así le había puesto a la habitación en que vivía. Otros le habían puesto el mar negro, porque todas las que entraban se hundían.
Pero para ti era guarnición, refugio, seguridad. La confirmación de tus instintos de macho dominante. Vuelve a observar tu reloj, las 5:20, te inquieta de nuevo, tu ritmo cardíaco se acelera mucho más. Nunca te ha gustado esta condición, pues siempre ha pasado algo cuando te encuentras así. Te relaja un poco, ha escuchado unos pasos que se acercan a tu puerta.
Te tranquiliza, aunque no suenan los tacos de sus zapatos. Decide acomodarte en la cama para que no te encuentre alterado.
Y…efectivamente, empujan la puerta. Ves una silueta de una persona con un objeto en la mano. Lo levanta en dirección hacia ti. Escucha cuando dices, -¡Así qué esperaba mi mujer! Quiere brincarle encima, pero un sonido que retumba en la habitación te detiene. Ya está sumamente relajado, hasta el extremo de no sentir tu corazón.

Sandy Valerio

Recuerdos.

Recuerdos.

Cuando me acuesto en la almohada de tus recuerdos.
Un sin número de átomos recorren mí cuerpo, fluyendo una energía en todo mí ser, que me arrastra al infinito donde te puedo ver.
Primero;
Se me eriza todo el cuerpo y más luego te puedo oler.

Huelo tu respiración, tu fragancia, tus hormonas, todo lo tuyo lo huelo.

Ese olor se transforma en energía que desciende hasta mí falo, produciendo una erupción trascendental, ocasionando que éste se estrelle contra mí cuerpo.

Más luego, lejos, muy lejos, en el infinito, estás tú.

Sandy Valerio

Decadencia

DECADENCIA

Son las dos de la tarde. Este sol me quema el alma. A ésta hora estos carros son tan difíciles. No hay uno solo de la ruta L que silva y con éste polvazo el panorama luce aterrador. Cualquiera lo piensa cien veces antes de salir a coger carro a esta hora. Pero a mi está bueno que me pase. ¿A qué vengo yo a esta hora? Para joderme… Sabiendo que no quieren saber de mí. Pero de eso es que se trata, de que me vean. Sí… Quiero que se mantenga viéndome. El momento de la venganza llegará. Por ahora tengo que dejar de pensar en tontería. Me parece que éste carro que viene está conchando. ¡Qué tiesto! Ahh… Sí, se va a parar. Por suerte que nunca he tenido inconveniente con montarme en cualquier carro.

-Buenas tardes chofer…

-Buenas tarde…

-Cobre chofer…

¡Dios mío! Si sufre de parkirson el pobre viejo. Con razón traía las dos manos agarrada del guía. Mira como le tiembla la mano al extenderla hacia atrás para coger el dinero. ¡Pobre viejo! Sólo en sociedades como ésta se ven cosas así. Y tanto que pregonan del modernismo. Y la paz de un viejo enfermo no está asegurada. Ahh.. No me vengan con retórica. Mira el pobre viejo. Tal vez tiene algún nieto preferido. O sociedad injusta que vuelve añicos a los hombres de trabajo. Te ofusca en crearle adversidades hasta el último suspiro de su existencia. Claro que sí. Esas manos demuestran las horas de trabajo en su juventud. Tal vez amarrando vaca, envolviendo andullo, limpiando conuco o haciendo carbón. ¿Quién sabe?...

-Viejo... usted afanaba mucho.¿Verdad?..

-Un poco mi hijo…

Dios mío, trabajando en éste carrito y con esta carretera tan mala y el parkinson destruyendo su existencia, no puede albergar una pizca de felicidad. No. De seguro no tiene algún familiar que se conduele de él. Claro que no. Si lo tuviera no tendría que estar buscando se la en éste carrito. Pero parece que no le gusta que lo observen. Tal vez le da vergüenza que lo vean en ésta condición. De seguro algún cínico se ha reído al verlo menear la cabeza constantemente. Pobre viejo! Mejor dejo de mirarlo. No me gustaría que se sienta mal por mí tozudez de observarlo. Mejor miro para otro lado.

Pero, total, de que sirve que mire para el otro lado si se ve la misma decadencia. Ese niño jugando con las aguas negras que están saliendo de ese registro. Esos jóvenes tomando cerveza en vez de estar en la escuela. Se ve que son niños. Pero a quién le importa esto. A nadie. De eso no hay la menor duda. Ni siquiera le arreglan la calle. Los barrios tan pobre son bueno para elecciones. Para esa época si son bueno. Ahh.. Si, para eso sí.

Pero que hago yo pensando en esta tontería, que el barrio, que el viejo, que los jóvenes. ¡A mí me importa eso!!!

- Viejo déjeme en la esquina…

Sandy valerio

Princesas.

Princesas
(cuento)

El cansancio se ha apoderado de ti. Te levantaste temprano a lavar, pues, el cúmulo de ropa era extraordinario. Y más que la ropa de tu esposo es doblemente sucia por la tierra del conuco. Pero eso no importa, siempre te enseño tu madre que la mujer es para la casa y el hombre para el trabajo. Te enseñó a ser una mujer que le pesa el ruedo de la falda. Ahora te sientas a descansar, ya terminaste de brillar los utensilios de la cocina. Se ven impecable. Si estuvieran en una vitrina se verían más lindos. Aunque en el orden que los a colocado en los palos de la cocina, se ven esplendidos. De mayor a menor, en forma descendente. Las pailas que hace un ratito estaban como el neumático de un carro, por el humo del fogón, ahora lucen como si fueran de plata en la tabla que tu esposo ha clavado para que las coloques.

Qué satisfecha te sientes, tu casita luce impecable. Tu esposo cuando venga del conuco se sentirá feliz, él te ha manifestado que le encanta como tu pones a brillar la casa.

Ahh…Sentada como te encuentras te das cuenta que se te ha olvidado algo, el piso. Haces un gesto para levantarte, pero te acuerdas que el agua que queda no es suficiente para rosear el piso, y no tienes energía suficiente para buscar al arroyo el agua que te falta. Y como el barro que tiene el piso es bastante bueno, está claro que el día anterior tu lo mojaste.

Pero eso no importa, lo que importa es que tu casa luce impecable. Quién diría que saliste una mujer de tanto temple. Cuantas mujeres desearían tener el carácter que tu tienes. El valor inquebrantable, y, al mismo tiempo, la ternura. Sí que eres extraordinaria.

Tan extraordinaria como la reina Isabel de Inglaterra que estás viendo en esa foto de la revista Hola que tienes en la mano. No tienes nada que envidiarle.

Hojeas la revista mientras descansa. Ves la reina que sale en diferentes lugares del palacio. Te queda anonadada de tanta belleza. Te absorben las majestuosidades de las fotos. Sus extraordinarias riquezas. Todo te absorbe.

Te concentras en la foto de la reina, con la princesa de Gales en las piernas. La inocencia de la niña se maximizaba en la foto, y tú, como madre, la percibías, y te dices –Que felices son – y de repente un grito infantil te hace volver a la realidad. Es tu niña, tu princesa, que tiene calentura desde ayer.

Sandy Valerio 



Pintura "Campesina en fogón" de Rafael de Dominicana

Me falta algo.

Me falta algo.

Me parece que de esta no te salva. Tú deterioro se ha maximizado aún más que cuando te hirieron. Fueron dos disparos en la espalda, pues, había emprendido la huida cuando viste los policías. Sabía que era a ti que buscaban. Te habían dado par de carreras en los últimos días. Pero la suerte te abandonó en esta ocasión. Y más, si el último que asaltaste era hijo de una persona influyente. Este cuando dio tú descripción, los policías de una vez supieron que eras tú. Fuerte, de tez oscura y estatura mediana. Con clinejas a ras del cuero cabelludo. Más que un asaltante, parecías un atleta de béisbol. Y pare favorecerte joven. Unos años atrás, todos los ojos de aquellos que dirigían la liga de béisbol que tú pertenecías, te señalaban como una futura estrella. A José, tú tío, tú dirigente se le había acercado comunicándolo de tus cualidades. José hizo todo el esfuerzo posible. Te compró el guante de pelota, los ganchos. Todo lo que tú necesitabas, pues él sabía que tú madre no podía ayudarte. Y además, él veía cómo ella te trataba. Lo que él no podía comprender era por qué te trataba así. Si estaba enojada, lo descargaba contigo. Si había poca comida, te quedabas sin comer. Si tus hermanos cometían una fechoría, tú pagabas las consecuencias. Cuando le comentaron de tus cualidades atléticas, las menospreció a tal extremo que te hizo creer que tú no eras bueno y que sólo serías como tú padre. Ah… Tú padre. Por él es que tú madre ha descargado tanto odio en ti. Pero ella no es culpable. Su odio y su ignorancia no le permiten discernir respecto a que no eres culpable de que tú padre lo abandonaras. Y el odio y la ignorancia combinados producen consecuencias aterradoras. Y tú eres un producto de esa combinación. Eres sádico. Disfrutas cuando tus victimas te suplican que los dejes vivir y te lleves todo lo que cargan. Ah… Sí. Lo disfrutas. Y tú ego se infla cuando lo comentas con tus amigos. Para ellos eres un ácido. Tus habilidades atléticas las trasladaste a actividades denigrantes. Desde luego, para ti no lo son. Solamente traspasas todo el odio que han descargado en ti. Y eso que no menciono todos los días de hambre que has tenido que soportar en tu corta vida. De esto podemos deducir que al tener tus víctimas esta necesidad satisfecha y tú no, menos remordimiento te producen. En ocasiones te digite – Estos pendejos hartos y yo con hambre- Ah… Sí. Eres un psicópata, de eso no hay duda. Pero ahora, postrado en esa camilla, eso no importa. Ni a los doctores que te atienden, tampoco le importa. Ellos sólo saben que fue en un intercambio de disparo con la policía que te hirieron. Cuando te ingresaron en la sala de emergencia, las probabilidades de vida eran nulas. Uno de los disparo te había destruido la columna vertebral, y el otro te perforó los pulmones. El doctor cabecera no se explicaba cómo había llegado vivo al hospital. Sería un milagro. Y si que lo era. A éste se le ocurrió hacerte todos los análisis de lugar para ver si no tenías ninguna enfermedad letal. Aunque tú contextura física hablaba de tú buena salud. Y efectivamente, saliste más limpio que el alma de un santo. El doctor no perdió tiempo. Llamó al banco de órganos. Dijo que tenía dos riñones, un hígado y un páncreas a disposición de alguien que lo necesitara. No habían transcurrido dos horas de haberte ingresado a la sala de cirugías cuando tú hígado y tú páncreas se encontraban en camino hacia otro inquilino. Sí, esa es la vida, ha quitado vida y ahora con tus órganos las salvas. Al día siguiente, encontrándote en cuidados intensivos, el doctor recibió una llamada comunicándole de un paciente con problemas renales. Te ingresaron a la sala de cirugías de nuevo y en una hora uno de tus riñones te había abandonado. Así de simple.

Tus familiares albergaban esperanzas, el doctor no se la daba. Pero que todo correría por su cuenta, le daba pena que un joven tan lleno de vida se le fuera de las manos.

Te sientes vacio. No sientes los pies. A una de tus primas que le permitieron entrar le dijiste que te sentías solo y como si te faltara algo. Ella entendió esto como un mal augurio, como una despedida.

Ahora tienes un deseo inmenso de ir donde tú hermana María a contarle. Pero no puedes menearte de esa camilla. Aunque la fuerza de ir a verla es tan extraordinaria que va en cuerpo astral. Ella pensará que fue un sueño o que anda penando… Penando…

Sandy Valerio.

domingo, 4 de mayo de 2008

Noche de traición.

Noche de traición.
(Cuento)

Han transcurrido cuatro horas desde que tu marido está durmiendo. Son específicamente las dos de la madrugada. Ya están todos durmiendo, incluyendo los niños. Decides confirmarlo no vaya a ser que alguno se despierte o esté despierto con el sonido que acaba de escuchar en la galería. Es la señal indicada de que te esperan.

Ha silenciado el televisor y te dirige a la habitación de los niños, los observas, confirma que están durmiendo. No hacen algún gesto de que puedan despertar. Eso te tranquiliza.

Ahora te desliza hacia la habitación de tu esposo. Y aunque la adrenalina fluye por todo tu cuerpo, la costumbre y el rencor que siente por tu marido no te hacen perder el control de la situación. Te le acerca, observa su respiración, su cuerpo, sus ojos, está plenamente dormido. Mueves las manos delante de su rostro no vaya a ser que pueda despertar. Pero no hace ningún gesto. Confirma su estado onírico acercando tu rostro al de él. Si él se despertara pensaría que lo intenta besar.

Después de confirmar que todos duermen y de tomar las precauciones de lugar, caminas hacia la puerta. Un sonido parecido al primero te hace detener. Vacilas por un segundo hasta comprobar que nadie lo ha escuchado. Estar en éste estado de ansiedad te esita. Más si sabes que un hombre arriesga su vida para tenerte. Sentirse deseada con demasía es algo extraordinario, hasta el extremo de sentir tu pantis húmedo. Tu excitación es tan sublime que no te importa tu esposo, tu familia, ni tus hijos. Nada te importa, sólo satisfacer tu cuerpo. Y el objeto para alcanzar éste objetivo te espera.

Abres la puerta con sumo cuidado y sales. La experiencia te ha enseñado que después que tu esposo se duerme nada lo despierta. Al cerrar la puerta te sientes liberada para hacer lo que tú quiera. Y tu cuerpo, el monte de Venus y tu libido son cómplices de ti. Te insistan a continuar con ese hedonismo enfermizo. Con esa adicción de tu cuerpo que no puede controlar, sólo satisfacer.

Antes de bajar la escalera te detienes y observas las persianas de los apartamentos de tus vecinos, todas están cerradas y con la oscuridad que hay en la escalera pues quien te espera se ha encargado de deshacerse de los bombillos de ésta. Te acerca a la orilla de pasillo y mira hacia abajo. La mirada tuya y la de él se cruzan. Y él insinúa que te va a encontrar en la escalera pero un gesto de tus manos lo detienes; Y te dices – Es mío – Y comienza a descender la escalera lo más rápido posible pero sin hacer el menor ruido.

Al pisar el último escalón él te tienes en sus brazos. Y la pasión se encarga del resto.

El manto de la noche traicionera los arropaba para que no salieran los gemidos y las ondas expansivas de la energía que liberaban ambos al alcanzar la cúspide de éxtasi.

Sin lugar a dudas de que no hay el más mínimo indicio de lo que acaba de suceder, salvo algunas gotas de semen en el piso.

Al despedirse les dices que lo espera a las 8:30 AM para prepararte un buen desayuno, pues tu esposo estará para el trabajo y los niños para el colegio.

Ahora de regreso en la casa abre la puerta con el cuidado que utilízate al salir, pero éste cuidado de nada te sirve, un rostro inquisidor con un objeto en la mano derecha te manda a cerrar la puerta con todos los petillos no vaya a ser que entren ladrones.

SANDY VALERIO